lunes, 25 de junio de 2012

Capitulo 3 La carruela descontrolada

¡Talán, talán, talán talán!
Las campanadas eran arrítmicas, nadie las tocaba, era simple y llanamente que sonaban al son de los movimientos violentos y espontáneos de la carroza sin dirección.
La Nortéro” se levantó sin usar las manos.
    ¡Rápido, cúbranse dentro de la cabaña!
Y los niños ni siquiera se lo pensaron. Sabría Dios como pero Dartálla, y el resto de los Garmejílix, habían terminado pegados a la ventana ya desde dentro de la casucha, si bien había terminado de hablar “La Nortéro”.
Y de la chica de la capucha y su extraña bestia de montar solo había quedado polvo levantado.
            — ¡¿Dónde están?!—Áret, el niño de la liebre, empujaba desde abajo a sus compañeros para poder ver mejor.
            — ¡Silencio, esperen a que se quite el polvo, críos!—Dartálla, la niña de los curitas y líder, le apretó la nariz y la boca a Áret.
El resto de los niños Garmejílix, con los ojos pelados, las bocas abiertas y las palmas adheridas al ventanal, se quedaron a la expectativa.
La carroza, que más bien era una carreta de carga, conformada por tres contenedores, el compartimiento de arrear y cuatro caballos pintos enloquecidos, sudados y ruidosos, no se desmembraba nada más por que los goznes que la unían eran de hierro, los amarres que la ataban de buena espiga y sus piezas de madera reforzada, por que se venía sacudiendo casi para volcarse, latigueándose contra sí misma.
Los Garmejílix le habían perdido la vista a “La Nortéro”.
            — ¡¿Dónde está nuestra chica?¡—Áret había aprovechado la ligera desfuerza de su líder, y se había zafado de las manos que lo mantenían mudo.
Dartálla volvió a utilizar su fuerza para mantener el ambiente sin distracciones.
    No se ve… desapareció.
Áret, el pequeño niño de la liebre, no habló esta vez, pero apuntó su dedo al cielo.
Y allí estaba, descendiendo y aproximándose, la chica de la capucha, volando decidida y montada en su Hipocámpritex, por que eso era su extraña bestia.
El Hipocámpritex no llevaba montura, pero no hacía falta, la figura de la “Nortéro”, aunque alta, se acomodaba como anillo al dedo al dotado y aerodinámico cuerpo de la criatura.
La carreta no disminuía su trajinar y su velocidad, pero la “Nortéro” era ágil, después de darle alcance, se posicionó a un lado de la carruela, y para sorpresa de nuestro héroe, iba tripulada.
Un señor rechoncho, de al menos el triple del peso de la “Nortéro”, yacía desmayado e inerte sobre el compartimiento de arrear, rebotando y dándose contra toda su masa corporal.  
La “Nortéro” no se inmutó, pero con un movimiento grácil, en procesos, casi de gimnasta profesional, se levantó del lomo del Hipocámpritex y se arrojó sobre la carreta.
— ¡Uoouu, vieron eso!—Áret, que por cierto era un niño diminuto, mocoso y de anteojos, pero inquieto, de pelos parados y que usaba un chaleco lleno de bolsas, acompañado de una banda de guerrero en la frente, con el símbolo de Garmejíl, unas ovejas en un valle con montañas al amanecer, saltó desde mero abajo de los expectantes niños, a quienes les había tocado un golpe de barbilla-cabeza, cabeza-barbilla, por orden de tamaño.
— ¡Áuuu!
— ¡Ósu!
— ¡Óiii!
— ¡Tenía que ser Áret!—Dartálla, aplastó a Áret con ambas palmas—. ¡Te vas a quedar ahí un buen rato, crío!
Y Áret se perdería lo mejor.
La “Nortéro”, sobre la agitada carreta, coincidía con eso. La “Nortéro” veía delante una linda, gris y llana pared montañosa, a la derecha el caer del precipicio por donde se vertía el riachuelillo y del lado izquierdo, la tupida y verde arbolada del bosque de Garmejíl.  

Capitulo 2 La ronda de los lobos

“El Nortéro”, estaba afuera de la posada. Igual que siempre, iba ataviado con su túnica marrón gastada, con la capucha puesta, que nada más dejaba ver su rostro. “El Nortéro” acariciaba su bestia de montar.
— Digo no es que me halla dado cuenta de su escandaloso silencio—“El Nortéro” escondió más su rostro en la capucha—. Y que me hubiera escapado por la chimenea para ver tranquilamente y desde afuera el efímero show que montaban.
— ¡¿Y te crees muy lista, no?!—Dartálla había saltado desde el revoltijo de mantas hasta plantarse fuera de la puerta—. ¡Pues déjame decirte que la pena por burlarse de lo Garmejílix es una paliza!
Por que “El Nortéro” era, y pocos lo sabían, de echo solo los que no solo lo habían visto de lejos, una chica, una chica bastante linda para ser honestos.
— Ja, ja, ja, pues me declaro culpable absoluta—Y “El Nortéro” le dio las espaldas, para seguir acicalando su bestia de montar. Que por cierto, se trataba de una criatura bastante extraña. Los cuartos traseros eran de un caballo, los delanteros los de un águila, más sin embargo, la cabeza, igual que sus angélicas alas, las de un flamenco blanco, todo debidamente distribuido para dar un cuerpo grande, pero ágil y liviano, contando claro, su extensa cola de plumas rizadas.
            — ¡No sabes con quien te metiste, Nortéro!—Dartálla le blandió un puño—. ¡Garmejílix, formación de ataque numero 3 “La ronda de los lobos”!
Y los cinco Garmjílix restantes habían salido corriendo de la posada, con sus respectivas alimañas, para tomar un lugar alrededor de “El Nortéro”.
— A tus plumas les hizo bien el agua fresca Érios—Mientras “El Nortéro” seguía acicalando su bestia de montar—. Lucen brillantes y bonitas.
            — ¡No lo tomes personal, cría!—Dartálla irrumpió dentro del círculo de sus Garmejílix—. ¡Esto es solo por que nos caes de maravilla!
Y los seis niños, con un grito de guerra y acompañados de gruñidos, aullidos y piares, por parte de sus bestias, se precipitaron contra “El Nortéro” y su criatura de montar.
            — ¡Eeeee!
— ¡Aaaaa!
— ¡Eeeaa!
— ¡Iiiii!—la pandilla de Garmejílix golpeaba, pellizcaba, mordía, estiraba, pateaba, arañaba con fuerza y para sorpresa de ellos, parecía que si estaban propinándole una lección a su víctima.
— ¡Áauu!
— ¡Mi pié!
— ¡Soy yo!
— ¡Ese es mi cabello!—hasta que se dieron cuenta que no era así.
“El Nortéro”, a carcajadas, había terminado sentada a piernas cruzadas a un lado de la vorágine de pies raspados, caras cortadas y brazos torcidos.
— Ja, ja, ja, pues para ser la pandilla de la justicia de esta aldea aún les falta mucho por aprender—“El Nortéro” estaba partida por la mitad, risa y risa—. En especial tratando de impartir justicia para ustedes mismos, ja, ja, ja.
A Dartálla le hervía el rostro.
— ¡No se burle, hacemos lo que podemos!
— Que generalmente termina hasta que la propia víctima nos dice que ya no nos entrometamos—el niño de la liebre había podido desenredar su alimaña de la vorágine de cuerpos.
— ¡Shh, eso no siempre es cierto!—Dartálla no lo ahorcó por que lo tenía fuera de alcance.
— O cuando se entera de que seremos nosotros quien lo ayudaremos—la niña del osezno le sacudía el polvo a su criatura de felpa.
            — ¡Eso no pasaría si no se enterara!—Dartálla infló los cachetes.
            — Ja, ja, bueno en fin, pero… por que mejor no le echamos el ojo al desayuno que me trajeron—“El Nortéro” frotó sus manos mientras se saboreaba algún alimento imaginario—. Estoy hambrienta, me devoraría…
Pero los antojos de “El Nortéro” quedaron en el aire. El sonido de cuatro caballos desbocados, una repiqueteante campana y una carroza sin control los habían esfumado.

lunes, 4 de junio de 2012

Capitulo 1 El Nortéro

Había una vez una aldea en las montañas llamada Garmejíl. Garmejíl era muy bonita, tenía sus casitas de colores entre pinos y con altas chimeneas, campos verdes, un riachuelo y gente serena y trabajadora. Garmejíl era muy pacífica, tanto que no tenía cuerpo de policía. Además, Garmejíl era conocida por los ricos dulces que producía y sus afamadas festividades de cada fin de mes. Garmejíl era el lugar perfecto si querías paz y sosiego. Y a Garmejíl se había mudado una persona muy extraña.
Los Garmelízes, los dichosos aldeanos, lo habían llamado “El Nortéro”, pues de él era todo lo que sabían, que era forastero y que era del Norte. Los Garmelízes lo habían adoptado de buen agrado, les ayudaba en sus tareas, sacaba agua del pozo, sacaba a pastar a la ovejas y lo único que pedía a cambio era su pequeña posada en el linde norte de la aldea.
Pero los que realmente estaban agradecidos con su presencia eran los Garmejílix. Los Garmejílix eran una pandilla de niños que decían ellos, su labor principal y única era salvaguardar la seguridad y la justicia de su aldea. Los Garmejílix ayudaban en lo que podían y su tarea más complicada era mantener a los abusadores de su edad a raya, pero cuando se trataba de servicios sociales especiales, los Garmejílix estaban puestos y listos desde el principio. Y con “El Nortéro” no era la excepción.
Aquel día, los Garmejílix y sus alimañas, por que cada Garmejílix poseía un amigo guardaespaldas como regla, llegaron temprano, como venía siendo ya costumbre, a la posada de “El Nortéro”.
Ni se molestaron en tocar.
— ¡Nortéro, ya amaneció!—Dartálla azotó la puerta—. ¡Y te hemos traído tu desayuno!—Dartálla era una chiquilla rubia que usaba su cabello en una coleta simple, botines de cuero flexible y un vestido bombacho de algodón, y que además, la completaban unos vendajes en la frente y la mano, y unos curitas en la cara, los codos y las rodillas. Dartálla era la líder de la pandilla y si era la más trotona, más sin embargo, la más preocupada por los demás. Con Dartálla iba Yékzis, su comadreja.
La posada estaba vacía, solo eran ella, sus cuatro paredes, su duela, su chimenea y una cama de alfalfa y pieles con un bulto arremolinado en sábanas encima.
            —¡Shhh!—Dartálla se agazapó y comenzó a avanzar con cautela—. Jej, ¿que les parecería despertar con los pelos más de punta que de lo de costumbre, críos?
El resto de los niños, que eran cinco en total, con sus respectivos amigos guardaespaldas, entre los que se encontraban una liebre, un petirrojo, un osezno, un coyote y una garza, se ensimismaron, igual de puntitas, a su jefa Dartálla y su comadreja Yékzis.
            — Jij, este sustote lo recordará para siempre…¿listos?—Dartálla se detuvo, mirando a su pandilla—. En cinco, cuatro, tres…—Dartálla solo movía los labios y descontaba dedos de su palma abierta—. Dos…¡uno!
Y allá había ido a dar la docena de curiosos personajes. Todos, inclusive las alimañas, habían terminado revueltos entre sus camaradas, la alfalfa y las sábanas.
— ¡Ey, jefa aquí no está!—un niño tenía en el aire, con su liebre encima, una almohada de plumas de pato.
— ¿Cómo pudo escapar?...¡achú!—una niña, con plumas y alfalfa en la boca, y bajo su osezno, se limpiaba la nariz.
— ¡No escapó, nunca estuvo aquí, críos!—Dartálla liberaba la cola de su comadreja debajo de su estomago—. Ahora… si fuera un viajante ¿Qué estaría haciendo a esta hora de la mañana?
— Emmm…pues, creo que me dieron ganas de refrescarme la cara en el riachuelo—una voz, venida de fuera de la posada, había llegado hasta donde ellos.