Había una vez una aldea en las montañas llamada Garmejíl. Garmejíl era muy bonita, tenía sus casitas de colores entre pinos y con altas chimeneas, campos verdes, un riachuelo y gente serena y trabajadora. Garmejíl era muy pacífica, tanto que no tenía cuerpo de policía. Además, Garmejíl era conocida por los ricos dulces que producía y sus afamadas festividades de cada fin de mes. Garmejíl era el lugar perfecto si querías paz y sosiego. Y a Garmejíl se había mudado una persona muy extraña.
Los Garmelízes, los dichosos aldeanos, lo habían llamado “El Nortéro”, pues de él era todo lo que sabían, que era forastero y que era del Norte. Los Garmelízes lo habían adoptado de buen agrado, les ayudaba en sus tareas, sacaba agua del pozo, sacaba a pastar a la ovejas y lo único que pedía a cambio era su pequeña posada en el linde norte de la aldea.
Pero los que realmente estaban agradecidos con su presencia eran los Garmejílix. Los Garmejílix eran una pandilla de niños que decían ellos, su labor principal y única era salvaguardar la seguridad y la justicia de su aldea. Los Garmejílix ayudaban en lo que podían y su tarea más complicada era mantener a los abusadores de su edad a raya, pero cuando se trataba de servicios sociales especiales, los Garmejílix estaban puestos y listos desde el principio. Y con “El Nortéro” no era la excepción.
Aquel día, los Garmejílix y sus alimañas, por que cada Garmejílix poseía un amigo guardaespaldas como regla, llegaron temprano, como venía siendo ya costumbre, a la posada de “El Nortéro”.
Ni se molestaron en tocar.
— ¡Nortéro, ya amaneció!—Dartálla azotó la puerta—. ¡Y te hemos traído tu desayuno!—Dartálla era una chiquilla rubia que usaba su cabello en una coleta simple, botines de cuero flexible y un vestido bombacho de algodón, y que además, la completaban unos vendajes en la frente y la mano, y unos curitas en la cara, los codos y las rodillas. Dartálla era la líder de la pandilla y si era la más trotona, más sin embargo, la más preocupada por los demás. Con Dartálla iba Yékzis, su comadreja.
La posada estaba vacía, solo eran ella, sus cuatro paredes, su duela, su chimenea y una cama de alfalfa y pieles con un bulto arremolinado en sábanas encima.
—¡Shhh!—Dartálla se agazapó y comenzó a avanzar con cautela—. Jej, ¿que les parecería despertar con los pelos más de punta que de lo de costumbre, críos?
El resto de los niños, que eran cinco en total, con sus respectivos amigos guardaespaldas, entre los que se encontraban una liebre, un petirrojo, un osezno, un coyote y una garza, se ensimismaron, igual de puntitas, a su jefa Dartálla y su comadreja Yékzis.
— Jij, este sustote lo recordará para siempre…¿listos?—Dartálla se detuvo, mirando a su pandilla—. En cinco, cuatro, tres…—Dartálla solo movía los labios y descontaba dedos de su palma abierta—. Dos…¡uno!
Y allá había ido a dar la docena de curiosos personajes. Todos, inclusive las alimañas, habían terminado revueltos entre sus camaradas, la alfalfa y las sábanas.
— ¡Ey, jefa aquí no está!—un niño tenía en el aire, con su liebre encima, una almohada de plumas de pato.
— ¿Cómo pudo escapar?...¡achú!—una niña, con plumas y alfalfa en la boca, y bajo su osezno, se limpiaba la nariz.
— ¡No escapó, nunca estuvo aquí, críos!—Dartálla liberaba la cola de su comadreja debajo de su estomago—. Ahora… si fuera un viajante ¿Qué estaría haciendo a esta hora de la mañana?
— Emmm…pues, creo que me dieron ganas de refrescarme la cara en el riachuelo—una voz, venida de fuera de la posada, había llegado hasta donde ellos.
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