¡Talán, talán, talán talán!
Las campanadas eran arrítmicas, nadie las tocaba, era simple y llanamente que sonaban al son de los movimientos violentos y espontáneos de la carroza sin dirección.
“La Nortéro ” se levantó sin usar las manos.
— ¡Rápido, cúbranse dentro de la cabaña!
Y los niños ni siquiera se lo pensaron. Sabría Dios como pero Dartálla, y el resto de los Garmejílix, habían terminado pegados a la ventana ya desde dentro de la casucha, si bien había terminado de hablar “La Nortéro ”.
Y de la chica de la capucha y su extraña bestia de montar solo había quedado polvo levantado.
— ¡¿Dónde están?!—Áret, el niño de la liebre, empujaba desde abajo a sus compañeros para poder ver mejor.
— ¡Silencio, esperen a que se quite el polvo, críos!—Dartálla, la niña de los curitas y líder, le apretó la nariz y la boca a Áret.
El resto de los niños Garmejílix, con los ojos pelados, las bocas abiertas y las palmas adheridas al ventanal, se quedaron a la expectativa.
La carroza, que más bien era una carreta de carga, conformada por tres contenedores, el compartimiento de arrear y cuatro caballos pintos enloquecidos, sudados y ruidosos, no se desmembraba nada más por que los goznes que la unían eran de hierro, los amarres que la ataban de buena espiga y sus piezas de madera reforzada, por que se venía sacudiendo casi para volcarse, latigueándose contra sí misma.
Los Garmejílix le habían perdido la vista a “La Nortéro ”.
— ¡¿Dónde está nuestra chica?¡—Áret había aprovechado la ligera desfuerza de su líder, y se había zafado de las manos que lo mantenían mudo.
Dartálla volvió a utilizar su fuerza para mantener el ambiente sin distracciones.
— No se ve… desapareció.
Áret, el pequeño niño de la liebre, no habló esta vez, pero apuntó su dedo al cielo.
Y allí estaba, descendiendo y aproximándose, la chica de la capucha, volando decidida y montada en su Hipocámpritex, por que eso era su extraña bestia.
El Hipocámpritex no llevaba montura, pero no hacía falta, la figura de la “Nortéro”, aunque alta, se acomodaba como anillo al dedo al dotado y aerodinámico cuerpo de la criatura.
La carreta no disminuía su trajinar y su velocidad, pero la “Nortéro” era ágil, después de darle alcance, se posicionó a un lado de la carruela, y para sorpresa de nuestro héroe, iba tripulada.
Un señor rechoncho, de al menos el triple del peso de la “Nortéro”, yacía desmayado e inerte sobre el compartimiento de arrear, rebotando y dándose contra toda su masa corporal.
La “Nortéro” no se inmutó, pero con un movimiento grácil, en procesos, casi de gimnasta profesional, se levantó del lomo del Hipocámpritex y se arrojó sobre la carreta.
— ¡Uoouu, vieron eso!—Áret, que por cierto era un niño diminuto, mocoso y de anteojos, pero inquieto, de pelos parados y que usaba un chaleco lleno de bolsas, acompañado de una banda de guerrero en la frente, con el símbolo de Garmejíl, unas ovejas en un valle con montañas al amanecer, saltó desde mero abajo de los expectantes niños, a quienes les había tocado un golpe de barbilla-cabeza, cabeza-barbilla, por orden de tamaño.
— ¡Áuuu!
— ¡Ósu!
— ¡Óiii!
— ¡Tenía que ser Áret!—Dartálla, aplastó a Áret con ambas palmas—. ¡Te vas a quedar ahí un buen rato, crío!
Y Áret se perdería lo mejor.
La “Nortéro”, sobre la agitada carreta, coincidía con eso. La “Nortéro” veía delante una linda, gris y llana pared montañosa, a la derecha el caer del precipicio por donde se vertía el riachuelillo y del lado izquierdo, la tupida y verde arbolada del bosque de Garmejíl.
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